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domingo, 1 de marzo de 2009

Me llegó una carta con una estampilla. Recuerdan lo que es una estampilla?

Me llegó una carta con una estampilla.

Tiernamente la recorté como un objeto preciado. La miré, la olí y la escaneé para mis amigos.

Los chicos vuelven a la escuela. Y yo estoy tan entristada... Se me aprieta el pecho. Se acaba la fiesta del verano.

Siento que el corazón se me desprende y se cae por una escalera. Y yo no lo puedo atajar, rebota varias veces y queda tiradito. Bajo y lo miro. Y le abro una puertita (yo no sabía que los corazones tenían esa puerta, me dije). Miro para adentro y veo un parque gigantesco; y en el medio del parque, un árbol. Es mi árbol, el que florece en otoño, el que se llena de flores de letras. Tiene tantas flores enmarañadas, pero tantas, que los chicos van con cestas a cosecharlas. Y en el parque juegan un SCRABLE gigante. Las guardan en cajas, en sobres, en bolsitas. Algunos hacen almohadones. Las juntan para llevarlas a la escuela. Allí las irán pegando en el cuaderno, en las cartas de amor, en los avioncitos de papel, en los machetes, en los corazones de las puertas de los baños, en los mails.



jueves, 26 de febrero de 2009

De mares y tesoros

Me gusta el ruido del mar, cierro los ojos, rugen las olas, golpeteo de paletas y de tejos, voces de chicos, risas, pregones. Me gusta el olor dulzón del pochoclo acaramelado y los bronceadores. Y esa caricia tibia del sol que se desliza despacitamente en el horizonte. Y ese placer de abrigarse de la brisa que eriza la piel, me cubro de algodón pareo saboreando esa simple sensación de cuerpo ardido escalofriante. Me gusta esa enorme aridez que da la vasta arena y elegir sus distintas blanduras hasta quedarme en la mojada helada de la orilla, las plantas de los pies se hunden en suave masajito para encontrar caracoles o tesoros mínimos, los recojo para llevar a mi cuenco. Dos barcos se saludan, uno entra al puerto, otro se va. Cómo serán sus despedidas? Respiro hondo mis soles y mis sales. Y los recuerdos siempre bienvenidos.

Recuerdos bienvenidos


La primera vez que pisé la arena, la primera que me mareé al mirar el oleaje en la orilla (nunca encontré a nadie que le haya pasado esto), la mañana de la gran caminata en la bajamar de una marea extraordinaria, otra mañana en que escribí mi nombre con letras gigantes sobre la arena virgen para avisar a mis amigos que había llegado, la primera vez que traje a mi hijo, sus miedos, su manito apretada que no puede soltarse ni adentrarse a la inmensidad azul; una búsqueda de cangrejos con él, la primera vez que ví la luna llena increíblemente gorda saliendo del horizonte elevándose diosa total, los ojos grandes de todos, redondos como ella encendidos de su naranja fuego; la primera vez que pasé un año nuevo, la fiesta, los fuegos artificiales; la risa que me provocaron los numerosos encuentros casuales con mi amiga de lejos tan sorpresivos tan sin querer y sin entender y sin programar, el asadito de bienvenida que nos prepararon estos mismos amigos (esta vez, encuentro proyectado para no tentar al destino de los caminos que se unen), la primera vez que te extrañé acá, hermano, y te despedí a mi manera para decirte simplemente hasta pronto, hasta el próximo viaje; y el siempre bienvenido recuerdo de la sombrilla voladora que a esta altura más parece un mito que un salto a la memoria.


La arena es como un imán para los chicos


La sombrilla voladora

Este es uno de los recuerdos mágicos. Un día, vimos una sombrilla volarse como por arte de magia y en su nunca querer bajar del cielo, siguió subiendo, andando por los aires, casi podría decir bailando o dando vueltas planeadoras de gaviota. Entonces, cuando advertimos la lejanía y el corazón dejó de saltar por el temor del posible lastimarnos, aún sin cansarnos de asombrarnos, empezó a bajar despacio en una perfecta zambullida, un clavado en medio del mar pinchando la enorme masa de panza azul encrespada bravía y perfectamente enojada por la irrupción. Quedamos boquiabiertos mirando el horizonte, sin saber si había sido una ilusión. Fue cuando se largó la tormenta que echó a todos, la gente apurada huía atajando sus sombreros. Nosotros nos atrevimos a quedarnos absolutamente solos. Calmó el viento y empezó a llover una lluvia tenue pero persistente. Abrimos nuestra sombrilla y desde abajo veíamos cómo las gotas iban marcando la arena. Tuvimos la sensación de ser náufragos. Pocos minutos después salió el sol, y en una desconocida calma, salimos de abajo de la sombrilla. Estábamos solos, ya lo dije, bueno éramos los dueños de la playa, nos reímos, bailamos sobre la arena goteada llena de pocitos. Viste? Yo dije que era pasajera!